Hola, aquí están los relatos que he ido escribiendo a lo largo de mi vida y he seleccionado algunos que espero les gusten, os mando un cordial saludo.
Félix Olivera Librilla 2.012-2.018
Todo parecido con cualquier otra obra es mera coincidencia, mis historias están llenas de referencias a otras obras con derechos de autor. Reitero que no se basan en ninguna de ellas y no van más allá de la cita.
Bienvenido a La Carretera Expedientada
Un espacio para leer historias, pasarlo en grande, compartir textos literarios y comentar con libertad.
Ese día dijiste que la odiabas, que había sido cruel conmigo. ¿Quién se atrevió a dejar el infierno entero para mí, yo que sólo jugaba con las nubes y perdía el tiempo imaginando mundos? Creíste o vivías encerrado/a en una idea en la que el cuarto de baño era lugar para dejar eso al alcance de los niños. Más tarde, te fuiste con un traje negro y después cerraron este sitio. No pude ver quien lo hizo, sólo puedo decir que hubo una tormenta roja, después una calma negra seguida de tormento y que ya han pasado muchos años, quizás décadas. Hay más lamentos aparte de los míos pero solo los oigo a veces. Unos más fuertes y otros más leves que siempre repiten la misma frase como si quisieran advertirme de algo, sin embargo, no consigo escucharlos bien. ¿Qué puedo recordar, sólo tenía seis años? Esas voces se hicieron más fuertes el otro día, cuando percibí a esa persona de la calle que a veces se para frente a casa. ¿Quién es y qué quiere?, no puedo verle, solo sentirle como alguien cercano pero lejano a la vez. No es un simple curioso y creo que sabe con certeza lo que me pasa. A mis padres los recuerdo con cariño por igual, pero a ella no. Esa criada me maltrataba, me hacía daño continuamente y eso jamás lo olvidaré. Me obligaba a tragar la comida cuando mamá no me miraba y luego me cerraba la mandíbula con fuerza. De papá siempre guardo los mejores recuerdos, el campo, la montaña, la playa y su eterna sonrisa. Puede que esté en la habitación de donde vienen los otros lamentos que nunca logro oír bien. ¿Recuerdas? Fue la pérdida de la conciencia o fue perdida en la oscuridad del vacío. La triste melodía de las noches amargas, encerrada en sucios vendajes y enterrada en vida siguió desafiante para mí como un sonido eterno; mi canción favorita. La felicidad que ganamos en la calle y que muere en casa, está oculta en tu cabeza y sigue con rabia su curso incoherente. Perpetrándose en los sueños de miles y miles de niños inocentes que buscan a sus padres. Quisiera seguir buscando pero no, no solo estoy aquí para advertirte de que mi mente vuela espiral y de que esa melodía me taladra. Estoy porque la muerte te preocupa; tu destino no es el mío pero puede serlo. Estoy tirado entre escombros y ratas, alimañas que hablan desde las esquinas de esta casa vieja tapiada con tablas. Esta tumba. Las pesadillas, mi vida anterior, la niñez. Todas se fueron sin avisar acabando de la peor manera y no quiero resignarme a creer que estoy… ¿vivo? Si lo estoy, ¿por qué no puedo levantarme de este frío suelo que me quema el alma? Las baldosas están rotas y nadie las arregla desde hace años, nadie entra y estoy tirado en medio del comedor. Inmóvil. Mi lado izquierdo me da la percepción de los objetos que levemente son iluminados por el día, tras esa vieja persiana carcomida. Nadie sabe lo que sufro, solo una persona viene por aquí y se posa en el exterior de esa ventana que tantas veces me dejó mirar el cielo. Y el silencio, ese pitido que odio y que no me abandona. ¡Pero cuánto tiempo puedo estar así! Yo solo quería…quería estar aquí, pero no para siempre. No estoy loco, tampoco muerto pues veo las cosas que hay a mí alrededor, y ahora, ¡por fin comienzo a flotar! Voy deslizándome por la estancia y no, ¡no puede ser! Me estoy despertando de un sueño semejante a una pesadilla en el que puedo verme sosteniendo un frasco y en el que la comida está puesta sobre la mesa, una sopa de ricos fideos. Yo me subo encima de una silla como puedo y vuelco el líquido del frasco en los platos. Después lo tiro al suelo, ¡es matarratas! Mamá me da esta vez la comida mientras me mira con cariño y yo tomo una cucharada tras otra. Ella come de su plato al mismo tiempo, cuando papá golpea con el pie un frasco del suelo y lo coge descubriendo sorprendido el veneno mortal. Después, mamá y yo empezamos a expulsar espuma y sangre por la boca, ella corre en dirección al baño y yo me caigo de la silla contra las baldosas. Papá escucha también gritos en la habitación de invitados después de llevarle a la criada uno de los platos y acto seguido llama a la ambulancia, pero cuando ésta llega ya es demasiado tarde; las dos están muertas. Lo sé, es triste, pero me alegra descubrir que durante tantos años ese desconocido que nos visitaba a menudo y que lloraba amargamente frente esa persiana carcomida era yo. Esa es la triste melodía de mis noches amargas, que debí haber muerto aquel día.
por: Félix Manuel Olivera González, Librilla 2.012
por Félix Olivera
Al cubrirse el cielo de nubes negras en el país del que contaré los hechos que viví, uno no debe asustarse en primera instancia, debe redimirse, y yo jamás… No hace muchos años, que en uno de mis largos viajes por el mundo, me encontrara con un lugar tan digno de mención, que contaré la historia que me ocurrió pocas horas antes de morir. Cuando uno se adentra en lo que queda de los viejos bosques de Europa, y, arrastrado por no se sabe que intuición, es difícil preocuparse por el lugar al que puedan conducirte tus pasos. Y así es como llegué a un gran valle rodeado de verdes montañas, que se alzaban con sus nevados picos entre aquellas misteriosas e inquietantes nubes. El país del que hablo es muy hermoso, aún más que el mejor cuadro pintado, y, no creo que llegue a ser comparable con ninguna imagen que albergue la mente del viajero experimentado. Anduve durante horas, atravesando las extensas praderas cubiertas de flores de tonos rojizos, que eran bañadas por la luz de un arco iris infinito, hasta llegar frente a unos bancales. Ese lugar me dejó más atónito si cabe. Allí, había un pequeño huerto sin cultivar donde podían verse las zanjas de la labranza ya orquestadas, y maravillado por la belleza del lugar, miré a mi alrededor buscando otro signo de civilización, lo que obviamente, no dio sus frutos. El huerto estaba rodeado por una valla de madera, que algún afanado carpintero construyó para delimitar aquel minúsculo trozo del mundo. Me desprendí de la pesada mochila y la dejé sobre la tierra con cuidado, después, salté la valla y una vez dentro, me puse en cuclillas apoyado en una linde. Acaricié la tierra, y en ese momento, unos leves recuerdos surcaron el mar de mi memoria. Ya casi había olvidado el motivo por el cual yo, James Landon, había iniciado mis viajes desde Londres allá por 1.849, tras cometer un grave asesinato que así trataba de enmendar. Dos lágrimas brotaron de mis tristes ojos y surcaron mis mejillas aterrizando sobre el suelo, que parecía efervescer en mi imaginación. Entonces, noté un leve hormigueo por el cuerpo y que un profundo sueño me invadía con rapidez. Caí a merced de sombras y luces blanquecinas. Al despertar, comprobé que algo más insólito había de sucederme. Mi cuerpo estaba cubierto enteramente por hojas de lechuga, que habían crecido con fuerza sobre mi piel, y mis pies, permanecían hundidos en la tierra convertidos en raíces. Presa del pánico, logré salir del suelo que me aprisionaba y comencé a caminar tambaleándome de un lado a otro como si fuera borracho. Mientras caminaba, pude ver que las nubes iban desvaneciéndose, dejando caer sobre mí los rayos de un sol embravecido. La marcha de la oscuridad me dejó a la vista de infinidad de aves que surcaban los cielos. Eran bandadas de cuervos, urracas y mirlos, todas ellas aves del infierno. Me atravesaron con sus ojos más negros que la obsidiana y llegaron hasta mi corazón, que ahora, era como un libro sin tapas, logrando así, leer las peores páginas de mi asquerosa vida. Cayeron en picado sobre mí, desgarrando, picoteando, agarrando y arañando esa extraña piel que emanaba sangre verde. Casi sin fuerzas e incapaz de resistir el dolor, pude ver con un solo ojo (pues el otro jugueteaba sangrante en el pico de un mirlo) a una forma femenina que iba vestida de blanco y cubierta de relucientes joyas. Ella, era tan hermosa como la mujer que antaño amaba y me observó con seriedad durante unos segundos. Al final, se transformó en una esbelta garza y se dirigió al oscuro nubarrón del que vino, dando con su marcha punto y final a mí oscuro corazón.
por: Félix Manuel Olivera González, Librilla 02/11/2.012
por Félix Olivera
Era negra y sucia como el carbón, se movía como un dinosaurio y le faltaban muchas plumas. En algunas zonas, mostraba verdaderos círculos de piel ensangrentada por los picotazos de sus congéneres. Llegó por culpa de la desaparición de la primera, que, escondida bajo el ponedero de metal, había incubado seis huevos durante tres semanas. Entonces, la que creíamos que había sido robada salió a la luz y mostró seis pollitos del tamaño de una pelota de ping pong. Los días fueron pasando y los pollos fueron creciendo hasta que apajarraca se le ocurrió la maravillosa idea de picarles en sus diminutos cráneos. Brotó la sangre y en cuestión de segundos todas las aves del gallinero comenzaron a descuartizar sus desvalidos cuerpos con los picos y a corretear con los mejores trozos para evitar perderlos. En ese momento, podías darte cuenta de que, en realidad, todas y cada una de ellas se habían convertido en unas hijas de puta. Pero eso no era pensar con claridad, pensarlo era ver a pajarraca, negra y sucia como el carbón, moviéndose como un dinosaurio, y con una cálida gota de sangre inocente en el pico.
por: Félix Manuel Olivera González, Librilla 2.012
Recuerdo que una vez fui alguien que de pequeño se subía a los tejados y caminaba con cuidado sobre viejas tejas enmohecidas. Recuerdo el aroma de la lluvia contra la piedra de la calzada romana, ese aroma que precede al otoño. También recuerdo los largos días de verano en el castillo, el desafío que supone la guerra, pero ahora trato de olvidar lo más importante, la razón por la que me encuentro atravesando el túnel de la muerte. El río Grande nace en el pico más alto de las montañas de la sombra, el lugar donde moran criaturas malparidas y los espectros de guerreros traicionados, y discurre hacia el sur atravesando antiguos bosques en los que viven jabalíes, lobos y ciervos del tamaño de un carruaje real, hasta convertirse en dos afluentes que riegan los valles de más abajo que son cultivados con verdes hortalizas por los afanosos labriegos de los pueblos. En este momento, me hayo con medio cuerpo sumergido en uno de sus afluentes, agarrado a unas rocas resbaladizas, empapado de sangre y atravesado por el costado con un mandoble que solo portarían los espectros de las montañas de la sombra. Mis ojos se encuentran cada vez más agotados y sé con seguridad que habré muerto en unos pocos segundos. Pronto, dejaré de hablar para siempre y entonces serán los espíritus los que continúen con la tarea de arrastrarme hacia el final de claro. Abrazo entre mis dedos ensangrentados el colgante con forma de cuervo y grito mi nombre para que se alce entre las nubes. -¡Soy Azrael, el sabio! ¡He vivido una vida corta pero intensa, que luchó con coraje en mil y una batallas, y que ahora se despide de este mundo con honor!- Después, hubo un silencio sepulcral que se extendió durante segundos, luego en minutos que dieron paso a horas, a días que se convirtieron en años, que finalmente se volvieron décadas. El afluente del río Grande arrastró sus restos cadavéricos hacia el mar, y un siglo más tarde despertó su esqueleto todavía atravesado por la inmensa espada enrobinada, y bajo las aguas del delta del río Grande el esqueleto del guerrero caminó durante semanas hasta alcanzar el pico más elevado de las montañas de la sombra. Era medianoche y comenzaba el invierno del nuevo milenio, los pasos de Azrael lo llevaron hasta unas luces extrañas que formaban un círculo perfecto en la nieve. Se trataba de una congregación de esqueletos ataviados con trajes de todas las épocas más representativas de la humanidad, que hablaban y discutían propinándose insultos y dándose empujones, otros parecían beber un mejunje rancio que parecía emborracharlos. De repente, todos se detuvieron para centrarse en el nuevo visitante y seguidamente dirigieron sus miradas hacia el juez, un hombre mitad cuervo mitad hombre que llevaba en la cabeza una peluca ridícula de lord y unos anteojos colocados a unos centímetros de distancia del anaranjado pico. -¡Tenemos un nuevo caso de suicidio mi letrado!-habló el esqueleto de un cantante de rock que se llamaba Kurt. -¡Se trata del valeroso guerrero de las leyendas, Azrael el sabio!-concluyó. -No es necesario que grites, Kurt, ni que narres lo que ya es sabido. ¡Estúpido!-dijo el juez con desprecio y salpicando saliva. -Que hable él. ¿Por qué te suicidaste Azrael? ¿Por qué teniéndolo todo aparentemente elegiste este camino?- -Porque tú me entregaste aquel collar junto al río Grande, y me dijiste que mientras permaneciese en mi cuello me volvería inmortal.-relató el guerrero con desesperación. -¿Y es que acaso te mentí, Azrael?-le interrogó el ave infernal con una mueca burlona. -¡Sí malparido, me mentiste, y yo, yo, yo, yo…!- -Tranquilo muchacho, tienes todo el tiempo del mundo para explayarte. ¿No es así señores?- Detrás del juez y de Azrael se oyeron estridentes carcajadas que se perpetuaron toda la noche, que dio paso al día siguiente, y el siguiente a meses que acabaron siendo años, que dieron paso a la más injusta eternidad, la del pobre ignorante Azrael, el guerrero que se creía un sabio. ¿O? -No, no será así. Pondré fin a esta locura.-señaló Azrael. -Vamos, te reto a que lo cambies.-le contestó el cuervo. -Nada de esto está ocurriendo en realidad, son solo fantasías de un escritor y su cuervo fiel en una fría y larga noche de invierno junto a la hoguera. ¿Qué es la fantasía sino la realidad contada desde otra perspectiva? ¿Cuervo, muerte, hombre, espada, anillo único? Nada existe, ni tan siquiera el fin. Entonces, el cuervo se deslizó del hombro del escritor, se posó en sus rodillas moviendo las patitas con vacilante admiración, abrió el pico por el cual el aire se deslizó, ¡¡y como si toda la vida se lo estuviese guardando gritoooÖ!!
por: Félix Manuel Olivera González Librilla, 02/11/2012
-Aparece también en la revista digital "Ediciones Ma".
por Félix Olivera
El siglo diecinueve trajo a los mejores artistas que el mundo había conocido jamás, incontables eran los ilusionistas, trapecistas y payasos que se trasladaban por las pedanías para entusiasmar las tristes vidas de los campesinos. Tal llegó a ser su popularidad que incluso antes de que los escenarios estuviesen instalados, los niños se acercaban para ver de cerca las bestias que sólo conocían en los libros. Sin embargo, todo ello no tenía sentido si no aparecía el humor, como había sido el caso de varios circos que la muchedumbre abucheó sin piedad. Algo similar le aconteció al protagonista del relato, y como suelen decir, quien ríe último ríe mejor. Así que no esperen carcajadas aquí porque no las encontrarán.
Dafón vino al mundo una gélida y lluviosa noche de 1.886 en el seno de una familia pobre a las afueras de Pozonegro. Era un niño normal en apariencia pero que contaba con un defecto que con los años se acrecentaría, ya que nació desprovisto de los músculos risorios de la cara. A lo largo de su vida Dafón fue fruto de las mofas y ataques de todos sus compañeros de la escuela. Incapaz de reír sus chistes siempre acababa cosido a puñetazos y sin perder los dientes de milagro. Las chicas lo despreciaban y se alejaban de él pues lo consideraban un pelagatos. Así fueron transcurriendo los años hasta que un día mientras que Dafón ayudaba a su padre a subir gavillas al pajar con el montacargas, trastabilló, resbaló y cayó sobre los adoquines del porche del almacén golpeándose el cogote y perdiendo el conocimiento al instante. Cuando Dafón abrió los ojos se encontró con un mundo muy distinto a su alrededor, Pozonegro había cambiado su nombre por Aguaslimpias y en sus padres ya no había ni rastro de amargura, incluso parecían sonreírle en cada acción que realizaba. Al día siguiente todos se le acercaban en el colegio, y Emma, la chica más guapa de la clase le dijo que si podían verse después para ir al río. Dafón no daba crédito, algo extraño sucedía, algo había cambiado en él que los demás percibían como positivo. Esa misma tarde fue al riachuelo con Emma, que había preparado una suculenta merienda. Juntos charlaron toda la tarde y cuando menos lo esperaba Dafón fue sorprendido con un beso que le sonrojó las mejillas. Todo era perfecto hasta que dirigió su mirada hacia el torrente y descubrió algo extraño, vio un ser maquiavélico retorciéndose entre las ondas del agua. Dafón observó en el reflejo de su rostro la sonrisa más sarcástica que había contemplado, aún así, sabía que no era suya y quiso borrarla al instante lanzándole una piedra, pero Emma se le acercó rápidamente y le sujetó la mano para que no lo hiciese. -¿No es acaso la sonrisa más perfecta del mundo?-le preguntó feliz la chica de ojos claros y cabellos dorados, entretanto examinaba su semblante en el agua. -No lo es, no es mía.-le contestó Dafón con contundencia. La cara se estaba mofando de él. Reía todo el tiempo, reía incluso cuando Dafón comprimía sus labios para corroborar que la imagen no le imitaba. -Si la quieres será tuya para siempre, y verás como todo cambiará. Pero habrás de despertar y de tu decisión dependerá lo que ocurra después.-sentenció la joven con frialdad. Dafón se disponía a contestarle cuando de pronto se encontró en su habitación con un vendaje que le cubría todo el cráneo, le dolía la cara y sentía un fuerte pinchazo en el cuello. Se levantó súbitamente y salió corriendo del dormitorio despojándose de las tablillas que le sujetaban las fracturas de las piernas, y liberándose de los brazos de sus padres que trataban de apresarlo. Corrió a la velocidad que el dolor le permitió y llegó a las afueras de Pozonegro donde encontró el circo “Ríete después de pagar” completamente armado y a pocos minutos de que comenzase la función. Se encaminó a los camerinos a hurtadillas, se situó tras un payaso como una sombra felina y lo mató tras asfixiarlo en la pecera de las pirañas. Después cogió su maquillaje, se quitó las vendas, se embadurnó el rostro, se ajustó en la cabeza una peluca verde espantosa y finalmente la nariz roja. El público aplaudía entusiasmado, reía, los niños peleaban en sus asientos y sus padres se metían mano al amparo de las sombras. Se oyó por fin el redoble del tambor y se apagaron las luces cuando el payaso apareció. Al encenderse el foco sobre Dafón todo el público enmudeció. Un payaso atroz sin la mitad de la mandíbula sonreía y gesticulaba exageradamente en su mejor y más perfecta actuación. -¡Soy Dafón, asesiné al verdadero payaso y ahora sonrío! ¡Pero no pude tirarme a la rubita de clase! ¿Qué hice mal? ¡Ah si! ¡¡NACER!!- Y todos, los padres, los niños y sus encantadores abuelos no pudieron dejar de reír, y cuando creían que había llegado el momento de dejarlo continuaron riendo, y cuando ya llevaban unas horas con las carcajadas comenzaron a notarse débiles. Algunos cayeron al suelo. A la mañana siguiente todos habían muerto como imbéciles, pero en la apacibilidad del silencio estaba la respuesta y sentido del relato. Tras la muerte, los músculos risorios de tu cara se volverán rígidos e inexpresivos en la perpetua estancia del ataúd.
La niebla envolvía la gasolinera de Sara y mis recuerdos como en los sueños. Sonaba en el tocadiscos The man who sold the world, y yo estaba tirado en la cama pensando en suicidarme por enésima vez cuando escuché el estridente despertador y al fin pude recurrir a la tranquilidad del espacio real.
Regresaba otra vez a mí aquella enigmática mujer de pelo rojizo y ojos verdes y profundos como el vacío de una noche sin luna. Sabía que era ella porque no puedo quitármela de la cabeza, es tan…perfecta en todos los sentidos, tantas veces hicimos/hacemos el amor, hubo/hay tantos condones olvidados entre las ropas desordenadas de su cruel e hipnótica habitación.
Llevo tanto tiempo adormilado y atiborrado a pastillas que seguramente me echaron del trabajo. No sé cuanto hace que no contesto una sola llamada al teléfono, el contestador grita repleto de basura y en vano trato de olvidarlo pero, de nuevo, ese maldito trasto me lleva a ella, y por ella sé que moriré.
Cojo con mi mano temblorosa el teléfono y lo miro con desprecio esperando que me responda su voz. Pero vuelve, constantemente regresa el silencio y como nunca he dejado de hacerlo nunca sé si tiene sentido alguno seguir esperándola. Pero si aguardo con paciencia aparece ella que tras rechazarme mil llamadas me atiende una por piedad, y yo como esclavo del deseo me arrastro en espiral hacia ella, que está en todos mis sueños y por ende surca realidades infinitas de dudosa procedencia. La siento como si estuviese en mi cama desnuda y recorro su cuerpo inabarcable para mi mente, tan cerca, pero tan lejos cuando la contemplo con los ojos entrecerrados y no está.
-Sabes que te quiero y cuanto te deseo. ¡¡Déjame!!-me dice ella continuamente en mis pensamientos mientras llora, pero sé que es mentira, que solo he sido un capricho más. Lo peor, sé que a mi todo me lo ha ofrecido el último, ella lo sabe y consciente de ello disfruta, pero no voy a negar que me encanta este juego, sé que estoy perdido entre sus brazos y caricias, también sé que por ella estoy muriendo y que es irremediable volver a la fría gasolinera de Pandora donde la conocí por primera vez.
Yo llevaba un par de copas y canutos encima, mi propia niebla, otra de esas noches abruptas en las que acababa solo y borracho maldiciendo a todos los astros del cielo por tan infame destino, por el que me condenan a eterna soledad. No advertí en ese momento, que quizás, ni siquiera había nadie tras el mostrador acristalado de la gasolinera, mucho menos que era sangre cancerosa con lo que repostaba el Elan 1600, las drogas tienen ese tic alucinógeno y esquizofrénico.
-¡Genial! –pensé. Pero puede que fuese real también. Sé que hacía un frío de la ostia y que estaba completamente solo. Aislado. Me miré la cara en el espejo lateral del automóvil pero no pude verme, y entonces apareció ella junto a mí. Al principio no pude ver bien su rostro, tan solo advertí sus tacones impactar contra el pavimento acercándose a mí como si fuesen truenos. Al fin vi que iba vestida de rojo, pero esa noche no quiso hablarme, me dio una nota con su número de teléfono y tatuada en una esquina la marca de unos labios rojos carmesíes, luego se metió en mi coche muy sonriente y yo me la llevé a un descampado sombrío. La besé, nos desnudamos y tras hacer el amor me dormí entre sus brazos. Pero desperté en una habitación extraña y claustrofóbica en la que ella ya no estaba a mi lado, con ropas sucias arrojadas por el suelo y miles de fotografías en blanco y negro en las que siempre salía sonriente, y en todas las fotos aparecía el rostro recortado de un hombre sin identidad y una cara demoníaca que te miraba fijamente a los ojos, tal vez oculta pero no ajena tras el seto de un hermoso jardín o la oscura esquina de un famoso parque de atracciones.
Abandoné su habitación y cuando salí por la puerta me di de bruces con mi dormitorio. Me asusté un poco, no voy a negarlo porque de pequeño viví una experiencia parecida fruto de la desubicación espacial. Sabía que tampoco me había excedido tanto esa noche en la barra, pero estaba muy cansado, tanto que no podía sino derrumbarme sobre mi vieja cama deshecha para dormir un sueño del que jamás despertaría. Y eso es todo lo que sé.
Aún sigo somnoliento, cabizbajo contra el cabecero de madera y con la nota de sus labios entre mis débiles dedos. Apenas me quedan fuerzas para mover el brazo y descolgar el teléfono, marco su número por enésima vez, tan solo escucho el tuuuuuuuuuuu, tuuuuuuuuuuu, largo y desesperante, no puedo hacer más que esperar a que su voz llegue a mis oídos, porque no habrá regreso alguno esta vez, apenas puedo abrir los párpados y el corazón me palpita a mil por hora.
-¡¡Contesta por favor!!- le suplico.
También se lo ruego al dios en el que nunca creí, se lo pido a mis difuntos padres que desde el cielo en que tampoco creo me bendicen, se lo imploro a todo el mundo, incluso a los astros que maldigo por la soledad a la que estoy condenado. Hasta que por fin aparece su voz serena para acallar las insistentes súplicas de un pobre escritor mediocre y torturado.
Déjame en paz de una vez, querido. Deja que me vaya. Lo sabes. Sabes que tras once años de matrimonio, del mejor amor que pude darte, de los mejores hijos que pude concebir y a los que ahora has olvidado. Sabes que en tus sueños, vivo, y que jamás olvidaré el día en que nos conocimos en la gasolinera.
Déjame en paz, mi amor. Sabes Que Estoy Muerta Y Que Debes aceptarlo.
Era un día fresco y soleado bañado por un precioso arco iris nacido de una lluvia fortuita. El bosque del que les voy a hablar era un robledal húmedo y las aves revoloteaban pregonando la felicidad que trae consigo la primavera. Todo parecía perfecto. Hasta que apareció una astuta comadreja que se situó en medio del claro del bosque y habló en su idioma.
¡Oh, que día tan precioso hace hoy! ¡Voy a ver si encuentro algún feliz conejito al que engañar para llevarme a la panza! Tras decir esto la comadreja se marchó de allí con gran agilidad.
A la hora llegó una serpiente venenosa que fue a parar al interior del claro y dijo estas palabras con una voz siseante y cargada de malicia. ¡Oh, que día tan hermoso hace hoy! ¡Voy a ver si localizo alguna feliz comadreja a la que envenenar que hace semanas que no como! Después de decir esto, la serpiente se largó en zigzag a través de un matorral de tomillo.
Dos horas más tarde apareció un halcón tuerto que se situó en la rama central del árbol más próximo al claro del bosque y graznó estas cosas. ¡Oh, que tarde tan tranquila hace hoy! ¡Voy a ver si diviso alguna feliz serpiente a la que triturar con mis garras, que hace meses que no cazo ninguna! Al terminar su discurso el halcón se alzó volando al interior del bosque cuando el sol ya daba signos de querer ocultarse.
El claro del robledal permaneció en silencio durante unos minutos, cuando de pronto se percibieron varios disparos de un cazador en la lejanía. El joven cazador llevaba consigo un halcón apoyado en su hombro, y por el pico del ave fluía la sangre de una serpiente venenosa que anteriormente había desgarrado sin piedad con sus afiladas garras, le había arrancado la espina dorsal de cuajo mientras aún permanecía viva y movía su lengua bífida en todas direcciones, y finalmente le había seccionado y engullido la cabeza entretanto sus ojos contemplaban lo que ocurría. La serpiente venenosa se llamaba Matilde, la última de su especie, y en su vientre descansaban los restos deshechos por los jugos gástricos de una astuta comadreja que se llamaba Jose. Jose había estado toda la mañana agazapada tras un matorral de romero a la entrada de la madriguera de una coneja que había estado acechando tras llegar al claro, pero entonces apareció de la nada un joven cazador corriendo veloz que la ahuyentó y la hizo resbalar a un hoyo oscuro. En seguida, Jose la comadreja escuchó un sonido familiar semejante al siseo provocado por el viento de Otoño, y milésimas de segundo después notó dos colmillos hundiéndose en su ojo derecho, explotándole el cristalino y salpicando sangre y un viscoso fluido ocular blanquecino. La comadreja tenía dos crías esperándola en su madriguera y trató de zafarse por todos los medios pero ya era demasiado tarde. La serpiente venenosa se enroscó alrededor de su cuerpecito rojizo y pudo oír el crujir de sus débiles huesos bajo la piel fría y escamosa.
¡Hijitos! ¡Iaaaaa!-gritó desconsolada la comadreja mientras moría.
El joven cazador se llamaba Luis, y se había escapado de casa con la escopeta de su padre. Escopeta que solo le dejaría usar cuando cumpliese los doce años, pues contaba con nueve. Se había disparado en un pié por el retroceso del arma y corría desesperado hacia su casa. Y por el sendero del bosque le dio sin querer un puntapié a la serpiente Matilde, que cayó rodando por la rambla de Algeciras, y el halcón Tomás que estaba en el hombro de Luis batió sus alas en la dirección de la serpiente. Después el halcón perdió su otro ojo. Ese día mamá conejo y sus conejitos durmieron tranquilos, aunque pocos días después fueron perseguidos y descuartizados vivos por una jauría de perros salvajes. La madre se llamaba Ana, y sus hijitos, Pedro, Teresa y Sofía, y solo contaban con tres semanas de vida. Los perros festejaron ese otro día hasta que acabaron en la perrera con una inyección letal de regalo, y finalmente terminaron abrasados en el crematorio. Apocalipsis de todos los infiernos.
¡Luis! ¡Luis! ¡Despierta!-exclamó apremiante la voz de una mujer. ¿Acaso era eso?
¿Qué ocurre? ¿Qué sucede mamá? ¿Dónde estoy? Mi habitación está diferente, como si fuese otra.- dijo Luis, “el pequeño cazador herido”.
Estamos muertos hijito, tu padre nos mató cuando estaba borracho de un disparo en las sienes, pero él sigue vivo, nos enterró en el bosque y ahora vive en esta casa con otra mujer, y está empezando a actuar con ella de la misma manera que antes de matarnos.-dijo la madre con frialdad.
Mami tengo miedo, entonces no quiero estar aquí. Este sitio es oscuro y tenebroso…
¡Shhhhhssstt! ¡Calla! Hijito ahora quiero que te duermas.-dijo la madre con la voz dulce. No se le veía el rostro entre el pelo enmarañado y las sombras que proyectaba el candil. Mami cuéntame otra vez la historia de los animalitos del robledal.-le pidió Luis ansioso.
Así lo haré hijito. Así lo hubiese querido tu padre.-concluyó. Pero la madre de Luis mintió de nuevo. Ella estaba loca y fue quién lo asfixió con su almohada en un brote depresivo y luego se cortó las venas en la bañera. Y aún después de muerta continuaba con la farsa. Al final sonrió inquieta mirando al hijito, y comenzó a releer aquella historia que había repetido durante los diez años posteriores a sus muertes. Aquel animalicidio solo podía proceder de una mente tan perversa como la suya.
¿Era un día fresco y soleado bañado por un precioso arco iris...? ¿El bosque del que les voy a hablar era un robledal que estaba húmedo y los pájaros revoloteaban pregonando la felicidad que trae la primavera? ¿Todo parecía perfecto? Entonces se acercó la bestia, tenía cuernos pero no era una cabra. Leyó con la madre “El Animalicidio”, y su Luisito se durmió hasta el nuevo despertar.
Fin
Autor: Félix Manuel Olivera González 02/11/2012 Librilla
ROXWELL, por Félix Manuel
Olivera González; Librilla 02/11/2012
Relato ganador del V concurso de relatos "Clan Dlan" 2.009
DÍAS EXTRAÑOS
Pongo el CD de The Doors, suena Strange
Days.
-¿Los Doors? ¿Mario, cómo sabes si te gustan,
si no entiendes lo que dicen?-me pregunta ella.
-Las preferencias no están reñidas con el
entendimiento. Algo parecido ocurre con el amor.-le contesto con firmeza.
Luego, meto primera, sin soltar el
embrague, piso con premura el acelerador y dejo el coche en segunda.
Miro por fuera de la ventanilla y me quedo absorto durante unos
segundos, ese pensamiento recurrente sigue en mi cabeza. La redonda
que hay junto a mí se aproxima, pero en esta ocasión, no voy a mirar
ni a señalizar antes de entrar, porque lo que quiero, es acabar con
todo de una vez.
Mi coche avanza a toda velocidad
colisionando con un mercedes y obligando a sus ocupantes a estrellar
sus cráneos con la luna delantera. Por esto, quizás yo haya muerto,
pero no, al final me despierto. Estoy sudando en la cama librando
una batalla con las sábanas.
VIVIR O MORIR
Tras surcar los cielos de Europa,
aparezco en el desván. Paso por el viejo parqué y me dirijo hacia el
baúl de los juguetes. Los saco uno a uno con cuidado: los playmobil,
el scalextric, la peonza, y justo en el fondo, localizo un viejo
sobre atado con un lazo. Lo suelto y extraigo la fotografía que hay
en su interior. Ahí, aparezco con look ochentero de la mano de una
joven. Ella luce morena y sonríe, yo estoy muy delgado, parece que
he cambiado mucho. También veo el dirigible sobrevolando nuestras
cabezas, éste sí que era uno de verdad. Dejo la foto encima del baúl
y me voy al fondo de la sala. Estoy frente a un espejo antiguo
cubierto de telarañas y reconozco en mí a aquel joven de doce años
que siempre soñaba despierto. Entonces, empuño la espada de metal
que llevo en la espalda y me persigno con la señal de la
cruz. Razono que he tardado demasiado en atravesar mi pecho con
ella. Lo hago finalmente, pero no siento dolor y me desvanezco de
nuevo, sintiendo que no soy quién para decidir si vivo o muero. Es
mejor confiar esos menesteres al acero.
EL DIRIGIBLE
-¡Roxwell, tu misión consiste en
llevar el dirigible hasta Berlín, después, serás libre para hacer lo
que te plazca!- Las palabras del capitán retumban en mi mente, y sin
embargo, no recuerdo haber vivido ese momento. Tengo el vello erizado tras
comprobar que la enorme masa de tela e hidrógeno recorre Europa. Por
unos instantes, me siento el hombre más feliz del mundo. -¿Quién eres?-me pregunta un
desconocido de rasgos familiares. -¿Qué quien soy…?-le digo
extrañado. De pronto, me siento como si hubiese llegado aquí tras
haber matado a alguien, y dando por hecho, que siempre he viajado en
el dirigible. -Sí, antes de que yo regresara del baño
tú no estabas aquí. ¿Estás bien? Pareces algo aturdido-me dice con tono conciliador. -Gracias, estoy bien. Sólo que…acabo de
recordarlo.-le digo meditativo. -¿Qué?-me pregunta desconcertado. -¡Debemos salvar el dirigible!-le
contesto enojado. -¿Salvar el dirigible, acaso has
perdido el juicio?- -¡Si no lo hago acabará ardiendo!-añado. -¡Seguridad, este hombre está loco!- -¡No los llames, esto no
está sucediendo en realidad! ¡Ocurre en mi imaginación, en la
nuestra!-digo al tiempo que dirijo una mirada hacia la salida. Suelto los mandos y atravieso la
cabina. Al girarme para cerrar la puerta veo que el desconocido se
parece mucho a mí, pero aparenta más edad. Luego, él sujeta el timón
y me mira con la cara desencajada, acaba de reconocerme. Entonces, para mi asombro,
me doy cuenta de que llevo puesta una gabardina ensangrentada y que
cargo una espada enorme a mis espaldas. Después de salir de la
cabina, me pongo a gritar pregonando la muerte de todos los
viajeros, y como cabe esperar, los guardias me detienen. De pronto,
algo rompe la barrera del sonido. Dos aviones pasan casi rozándonos,
¡es el enemigo, los nazis! La aviación alemana nos ataca. Su
artillería daña la cubierta y atraviesa la cabina de los pasajeros,
que se lanzan al suelo esquivando las balas. El dirigible ha
comenzado a arder y se precipita contra un gran río. Después, todo
se hace silencio y compruebo que no estoy muerto. Me acabo de
despertar en mi sótano y sin haber cumplido con mi objetivo.
Necesito otro intento, aunque con la posibilidad, de que éste sea el
último que haga.
LA VIDA SIGUE, 1.999
Tras despertarme de la pesadilla,
agarro las sábanas desde un extremo y tiro con fuerza hacia mí, ella
se resiste. La observo, su pecho izquierdo sobresale por encima de
la manta, me acerco con cuidado para no despertarla y siento su
tacto caliente en la palma de mi mano. La cierro, ella lanza un
suspiro. Después, vuelvo a mi sitio y me seco el sudor de la frente,
estoy feliz tras comprobar que mis análisis médicos resultaron
negativos.
Me incorporo y trato de hacer memoria,
todo comenzó una fría noche de mil novecientos noventa y siete en la
casa de un hombre apellidado Roxwell. En principio, mi antigua novia
y yo habíamos ido a pedirle disculpas, pero él no tardó en
apoderarse de la conversación y no sé cómo, pero al final acabamos
hablando de hipnotismo…
ELISA Y ROXWELL
-Roxwell, deja de mentir. Te
gustaba atrapar saltamontes y quemarles la cabeza con el encendedor,
pincharles los ojos a los caracoles y meter hormigas en botellas de
agua para hacerles dar vueltas. Eran los tiempos en los que no
sabías como usar tu pene aparte de para mear.-me dice ella
para burlarse de mí. -Elisa, tú me querías así, pero yo
nunca he pretendido ser quien soy. Desde que negué esos hechos
crueles en mi infancia, comencé a olvidar que yo siempre sería el
ser despiadado que te contagió el sida.- -Yo lo quise así, hicimos un pacto de
sangre por el que yo compartiría tu sufrimiento. Nuestro secreto morirá con los
dos.- -Cargaste con ello al
principio, pero luego me dejaste por un imbécil, al que además,
revelaste el secreto. Por eso, te condeno a huir de mí, y espero que
cuando te estés escondiendo, no des con el niño de doce años del que
hablas. Porque de ser así, te cortará el cuello con su espada y se
beberá tu sangre envenenada.- Tras decir mis últimas
palabras, Elisa y yo nos besamos. Después de un tiempo
indeterminado, separa sus labios de los míos, agacha la cabeza y
desaparece entre las sombras de una noche que no ha hecho más que
comenzar.
EL CAZADOR
Llueve, la ciudad está cubierta por
un manto gris. Busco en la basura, cojo una gabardina usada, me la
pongo y decido que se haga de noche. Paseo por las calles vacías y
miro en derredor, he cerrado la ciudad y tengo a mis víctimas
enjauladas, soy como Freddy Kruger. Pero a diferencia de una de sus
mediocres secuelas esto no es un sueño, se trata de una hipnosis.
Todos están bajo mi control, tumbados en el sótano de mi
casa durante días. Yo elegí para mí el trono de un rey, y desde
allí, decidí atarme a sus mentes. Entro en ellas sin pedir cuentas,
mientras que mi álter ego, quiere alejarse del Roxwell que tanto
odia. Aguzo la vista y localizo a
Elisa en un callejón. Sus padres la dejaron aquí cuando solo era un
bebé. Luego, la recogió una familia adinerada pero eso no importa
tanto, el caso es que Elisa y yo sabemos que cuando está perdida en
su vida, es probable encontrarla tirada en este lugar del casco
antiguo. El dolor que siento al verla, me hace
lanzar un grito de angustia. Soy el joven de doce años y no puedo
hacer nada para detener las manos que empuñan la espada. -Elisa, mi amada, llegó la hora.-le
hablo como si fuese un caballero. -Roxwell, ya no soy Elisa,
vuelvo a ser esa recién nacida a la que abandonaron. Siento haberte
traicionado.-me dice mientras sus ojos se cubren de lágrimas. -Es tarde para las disculpas. Me beberé
tu sangre envenenada.-sentencio. Ella no ofrece resistencia
mientras le corto el cuello, la sangre brota a borbotones de sus
arterias seccionadas e inunda mi rostro. La bebo, es tan cálida y
apacible como la vida de un bebé. No obstante, algo resuena en
mi cabeza, puede que sean los albores de la guerra. Le prometí a
ella que moriríamos juntos, pero ahora, me despierto sobre
el dirigible de mi infancia, y más tarde, mi cara está frente a un
espejo viejo y cubierto de telarañas. Le he fallado.
OTRA PERSPECTIVA, 1.997
Esa fatídica mañana, Mario me llamó por
teléfono, y creo recordar que me dijera estas palabras.
-Elisa, he quedado con Luis y María
para tomar café en su casa. Si te apetece, paso a recogerte a las
siete.- Yo le dije que sí, y una hora después, él ya estaba en mi
puerta.
-Espero que hayas tomado ya la decisión de
contarme lo que te pasa.-le dije en la entrada.
-Sí, claro.-me contestó cabizbajo.
Después, subí a su coche. Tras
avanzar unos metros en primera, observé que pisaba el acelerador con
energía y dejaba el coche en segunda. La redonda del casco antiguo
estaba frente a nosotros, pero esta vez, Mario no estaba observando
ni señalizando. El coche pasó a todo gas chocando con un mercedes y
lanzando a sus ocupantes contra la luna delantera. De pronto, todo
se apagó a mi alrededor.
Cuando desperté, estaba conmocionada
por la brutalidad del choque, me quité el cinturón y me dirigí a Mario
para comprobar su respiración, parecía muerto. Salí del coche y me
encaminé hacia el mercedes. Vi a dos personas, a un hombre y a una
mujer con los sesos esparcidos por el cristal resquebrajado. En el
asiento de detrás, pude ver a mi ex novio y único amigo de la
infancia, Alexander Roxwell. Pero no estaba muerto, él me miraba con
los ojos llenos de furia y yo me quedé helada. No se inmutaba, solo
se limitaba a mirarme con esos ojos, y sin saber por qué, mi mente
viajó hacia a aquel dirigible en el que volábamos juntos cuando
éramos niños. Ese dirigible de juguete que siempre acababa ardiendo
y estrellándose en un precioso río imaginario.
MENTE Y ESPADA
Cuando cumplí los doce, me encontré
una espada enterrada en el cementerio de mi ciudad. La llevé a mi
casa a escondidas, la afilé y conseguí descifrar unas letras que
narraban en latín; la espada del
rey doblegará las mentes débiles.
Elisa acababa de romper conmigo, y
yo, invadido por la tristeza, me dirigía al desván de mi casa para
guardar la foto del dirigible en un baúl. Luego, me situaba frente a
un espejo viejo, empuñaba la espada del cementerio y me persignaba.
Pensaba que había tardado demasiado tiempo en atravesar mi pecho con
ella, pero no lo hice, porque en el fondo no había dejado que
Roxwell fuera el que me controlase. Esbocé una sonrisa macabra y
rompí el cristal con la empuñadura. Siete años después, mis padres
fallecieron en un accidente de coche provocado por Mario y mi mejor
amiga de la infancia, Elisa.
Ellos, están durmiendo en mi sótano.
Vinieron a pedirme perdón por lo que sucedió y parecían estar muy
arrepentidos. Yo comencé a hablarles de diversos temas que
les causaron un gran interés, y sin que se dieran cuenta, los
introduje en el mundo de la hipnosis. Una vez dormidos, los arrastré
hacia el sótano y los dejé recostados sobre unas mantas. Después, me
fui al trono de madera que había tallado con mis manos y me
hipnoticé, dejando que Roxwell campara a sus anchas por los
intrincados laberintos de la mente.
Los persigo entre sus recuerdos hasta llegar a
descifrar los pensamientos de Mario. Ya sé por qué quiso suicidarse.
Elisa le contó que tenía el sida poco después de que él mantuviera
relaciones con una prostituta. Se sentía culpable por ello y pensaba
que la muerte de ambos era la única solución a su frustración.
Pero el desgraciado lo hizo a costa
de la vida de mis padres. Por eso, decido estar en el subconsciente
de Mario, ocupo el asiento de Elisa y agarro con fuerza la espada
del rey. Él no me ha visto aún, pero justo cuando voy a atravesarle
el pecho, Mario se despierta.
Cuando ve la escena, él se echa las
manos a la cabeza. Elisa yace en el suelo con el cuello cercenado y
yo sigo con la espada preparada para el ataque. Entonces, él me la
arrebata como puede y la clava con todas sus fuerzas en
mi corazón.
Al tiempo que la sangre asciende por mi
garganta, abro los párpados y me limito a observarle con los mismos
ojos de rabia con los que miré a Elisa el día del accidente.
Ahora, los albores de la guerra son
tan solo un eco en mis oídos, cuando la muerte aún flota en el
ambiente, los hombres continúan con sus quehaceres esperando promesas
que romper, recuerdos que olvidar y vivencias que remiten a
la infancia.
LOS ALBORES DE LA GUERRA
-¡Ahí, mira el dirigible!-su voz es apenas
audible por culpa del sonido atronador del Me-163. -¡Ya sabes lo que hay que hacer, somos
el enemigo, los nazis!-le digo en el interior de la apretujada cabina. -¡Entonces, yo interpretaré el papel
que le corresponde a Elisa!, ¿y tú, déjame que piense…? -¿Yo?, siempre he sido Roxwell.-