Bienvenido a La Carretera Expedientada

Un espacio para leer historias, pasarlo en grande, compartir textos literarios y comentar con libertad.

un saludo, Félix Olivera

miércoles, 6 de diciembre de 2017

El Pescador Urashima

Hace mucho tiempo vivió un pescador llamado Urashima en la costa de Japón. 
Un día que Urashima pescaba en su barca encontró una tortuga legendaria, y según cuenta la historia esta raza de tortuga vivía alrededor de unos mil años. 
Urashima sabía que la tortuga tenía unos novecientos noventa y nueve años, y por no privarla del último año de su vida la soltó al mar.
Pero al poco tiempo Urashima se quedó dormido en su barca, y más tarde se despertó con los rayos del sol en la cara y advirtiendo que la tortuga se había convertido en princesa. Después, la muchacha le dijo que se casara con ella, y que luego la llevaría al palacio de la Tortuga.
En aquel palacio los dos fueron muy felices durante un tiempo, solo que Urashima quería regresar con su familia. De modo que un poco antes de que se marchase la princesa le dio un arcón diciéndole que si lo abría nunca regresaría a su lado.
Pero al llegar a su tierra el príncipe lo abrió y al final quedó transformado en tortuga. Así, que la princesa regresó a su forma original y los dos vivieron felices surcando los mares por toda la eternidad; convirtiéndose su historia en leyenda con el transcurrir de los siglos.

viernes, 17 de noviembre de 2017

El Guardián de la Puerta-capítulo 6

              
            El Bosque de los Suicidios



Jaro, las Ondinas y las ratas seguidas por la serpiente buena de la ciénaga llegaron a un lugar cubierto de niebla.
Cuando de pronto, se sintieron congelados ante el dantesco espectáculo que contemplaron delante de sus narices. Hasta aquel lugar habían llegado miles de hombres y mujeres desesperados por causas diferentes, pero el primer hombre que alcanzaron les contó que había llegado frente al abismo porque las personas que vivían junto a él lo habían abandonado y dejado solo , y lo habían cambiado por otro que había suplantado su identidad y había intentado que se alejara de sus propiedades si no se sometía a sus oscuros designios, algo a lo que se había negado y esto lo había llevado hasta el borde de aquel precipicio.
Pero Jaro le convenció de que no se suicidara y también le dijo que ningún imbécil merece ser escuchado si a lo que te arrastra es a la muerte. Y cuando dijo estas palabras las tormentas oscuras que cubrían la cabeza del desconocido se desvanecieron sin dejar rastro. Tras esto el hombre lloró todo el dolor que sus antiguos conocidos le provocaron y finalmente recuperó su vida.
Éste decidió que le esperaba una nueva vida alejado de toda la mierda apestosa de toda esa calaña que lo único que quería y deseaba era que estuviese muerto en el mejor de los casos. Tras despertar de su letargo, el hombre soñó un nuevo futuro, una nueva vida, contempló a sus hijos y los vio crecer fuertes y con salud, vio a una hermosa mujer que sería para siempre la mujer de su vida y la que le acompañaría hasta la muerte, y al final se marchó de allí para lograr su añorado sueño.
Pero Jaro y sus amigos  vieron que no podrían hacer nada por los otros miles de personas y siguieron avanzando en su camino.
De entre todos los hombres unos se arrojaban, otros seguían dubitativos y otros permanecían con la mirada perdida frente al abismo. Jaro reconoció que le habían arrebatado el alma a todas estas personas y que tendría que hacer algo por ayudarlos.
Cuando de pronto descubrió una antigua fortaleza oculta entre los árboles y la espesa niebla. La serpiente buena tenía la cara ensombrecida tras atravesar el bosque de los suicidios al igual que las ratas y las ondinas.
Jaro y sus amigos llegaron a la conclusión de que lo que ocurría en ese Castillo podría tener que ver con los suicidios misteriosos de aquellos hombres y mujeres inocentes, hombres que habían perdido toda la esperanza.
Un fuerte maleficio había sido propagado y nacía con forma de niebla extendiéndose desde el castillo hasta el bosque al que Jaro había nombrado como el Bosque de los suicidios. El grupo estaba aterrado junto a la entrada de aquel Castillo pues no imaginaban lo que su interior albergaba. Pero aún así decidieron entrar y golpearon la enorme puerta de la entrada con gran sonoridad. Se escucharon pasos y la enorme puerta de madera se entreabrió dejando ver a la hechicera

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viernes, 28 de abril de 2017

El Guardián de la Puerta-capítulo 5



La Serpiente del barro



Jaro, las ondinas, las ratas y el sapo avanzaron por la ciénaga sobre este y alcanzaron un saliente rocoso donde el sapo los depositó. Entonces, el sapo se zambulló y desapareció en las profundidades de las aguas.
De modo que al grupo no le quedó más remedio que seguir avanzando cubiertos de lodo hasta la cintura.
Su aventura por la ciénaga se les había complicado bastante, abandonados por una poderosa Águila Unialada y más tarde por un sapo no les quedó más remedio que continuar avanzando a ciegas por aquel inmenso lodazal.
Las ratas se habían repartido entre los hombros de Jaro y los hombros de las ondinas, y algo parecido a la desesperación y la angustia de no salir jamás vivos de allí comenzaba a empañar de oscuridad sus luminosos y valerosos corazones.
Sin embargo, no era el momento de rendirse, pues es cuando la vida se complica, cuando te pone delante los mayores obstáculos, cuando debes coger un mayor impulso y las fuerzas que resten para sortearlos y descubrir que para un corazón bravo nada es imposible ni tarde en el tiempo para lograrlo.
Así, que decidieron continuar alimentándose de larvas repugnantes de insectos, huevos de animales raros y de extraños peces de largos bigotes que se deslizaban entre la inmundicia de aquel lodo.
Con la ropa colaban el agua y bebían poco tratando de evitar en lo posible los dolores estomacales.
Y así transcurrieron varios días refugiados en una pequeña cueva que encontraron escondida en la inmensidad de la ciénaga. Allí encendieron fuego, comieron animalillos que ensartaron en palos y luego cocinaron y también bebieron agua que calentaron y limpiaron dejándola libre de impurezas.
Y una vez que todos hubieron llenado el estómago las Ondinas primero una y más tarde la otra comenzaron a contar sus historias. Algunas conocidas por Jaro y otras de las que nunca  había oído hablar que calmaron su espíritu de ansiedad y de la desdicha de vivir en un mundo en constante cambio y repleto de peligros y adversidades, y por un momento, eso le hizo olvidar los pesarosos años de encierro en la mazmorra del castillo de Hans.
Las ratas se acurrucaron entre los cabellos de las ondinas, y Jaro abrazado a ellas también se durmió.
La noche y sus estrellas cubrieron el manto celeste, y la luna llena, espejo del tiempo, brillaba en un punto aportando su calma y serenidad.
A la mañana siguiente decidieron ponerse en pie y continuar con la marcha y atravesar la ciénaga para salir de ella.
Hordas de mosquitos e insectos los atacaron y agobiaron durante el camino hasta que llegaron frente a un inmenso lago que cubría de agua a Jaro y a las ondinas hasta el cuello, era uno de los mayores riesgos  a los que ahora se enfrentaban, pero aún así decidieron seguir adelante y hacer frente a todos sus temores.
Las ratas se repartieron entre los hombros de Jaro y las ondinas, y comenzaron a atravesar la laguna justo cuando una de las ondinas notó el roce escamoso de un ser escurridizo deslizándose alrededor de ella, y la ondina se ruborizó y presa del pánico gritó, a lo que Jaro respondió tratando de que se calmara, la otra ondina la calmó agarrándola de la mano, y las ratas saltaron sobre ella junto a las otras dos y le acariciaron el rostro con sus patitas. Al final, la ondina se calmó, y la criatura escurridiza desapareció por unos momentos...
Entonces, continuaron avanzando solo que con mayor cautela. Caminaron un largo trecho cuando esta vez fue Jaro el que notó a la escurridiza criatura y de repente comprendió por qué la ondina se había alarmado tanto.
Una criatura semejante a una serpiente emergió del lodo y detuvo sus enormes ojos sobre el atemorizado grupo.
Y así estuvo un largo rato hasta que volvió a sumergirse en el barro.
El grupo continuó el camino y cuando ya casi habían atravesado el lago fueron sacudidos de nuevo por la criatura que les lanzó barro en las caras. Jaro se molestó y vio como la serpiente continuaba lanzándoles barro, algo que no acababa de comprender cuando otra serpiente se alzó del lodo erizando sus escamas, mostró sus afilados colmillos y se lanzó al ataque sin detenerse ni por un momento. Cuando ya casi los había alcanzado la otra serpiente, la buena, se cruzó en medio de la que se disponía a atacar y los salvó a todos de las feroces dentelladas que lanzaba al aire.
Luego, continuaron avanzando mientras que las dos serpientes se enfrentaban y a punto estuvo una de derrotar a la otra lanzándola con fiereza contra el lodo y las piedras, entonces la serpiente maligna abrió sus fauces repletas de afilados colmillos con el fin de devorar a Jaro, y fue en ese momento, cuando la serpiente se enroscó con fuerza entre sus piernas y el tronco y comenzó a apretarlo para romperle los huesos. En ese momento, las ondinas y las ratas se lanzaron contra la serpiente, y las ondinas lucieron sus puñales y los clavaron con fuerza en la casi impenetrable piel de la serpiente.
Y las ratas hicieron lo mismo con sus dientes afilados provocándole gemidos dolorosos a la serpiente mala, que en ese instante, se vio obligada a soltar a Jaro, y atravesando el barro con suma cautela y ondeando sobre el agua y el lodo la serpiente buena se abalanzó de nuevo contra la mala propinándole un cabezazo que la hizo sumergirse de nuevo haciéndola huir. Jaro y las ondinas pasaron un buen tiempo juntos atravesando la ciénaga y se hicieron muy amigos de la serpiente buena, y ya cuando quedaban unos pocos kilómetros para atravesarla la serpiente los abandonó.

De modo que el grupo salió de la ciénaga y alcanzó un bosque neblinoso.
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lunes, 24 de abril de 2017

El Guardián de la Puerta- capítulo 4


La Otra Celda

capítulo 4

Mientras que Jaro y sus amigos luchaban por sobrevivir en el estómago de un enorme sapo de la ciénaga, lejos de allí, en concreto en el interior del Castillo del Rey Hans había una joven princesa encadenada a un muro que con el tiempo estaba destinada a convertirse en la esposa del Rey Hans, pudiendo salir del custodio del Guardián de la Puerta. La muchacha de piel cobriza, ojos verdes y pelo rizado y oscuro tenía profundas ojeras en el rostro por causa de no dormir y algunas molestias en la espalda debido a la incomodidad de las esteras del suelo. Para ella el mundo nunca había parecido un lugar amable y justo, mas bien poblado de desengaño, infortunio e injusticia. Porque allí donde un atisbo de bondad se erigiese, la maldad se alzaba para contrarrestar su efecto y como si de la raíz de un simple hierbajo se tratase, extirparla y romperla con tal de eliminarla. 
La princesa había aprendido a ser valiente a la fuerza y a sobrevivir por encima de cualquier adversidad, quizá su sonrisa se había resquebrajado un poco y el llanto, ese estúpido hábito, había acudido a ella en situaciones pasadas, sin embargo, ahora había recobrado cierto valor tras escuchar el feroz desmoronamiento de la torre vecina, donde el otro individuo que se llamaba Jaro, había logrado escapar.
De pronto, fue como si la esperanza iluminara sus ojos y creció día a día en su interior con la plena certeza de que más vale tarde que nunca y que todavía le quedaba una oportunidad para escapar.
Y fue en ese mismo momento, cuando apareció El Guardián de la Puerta muy enfurecido seguido del Rey Hans.
Entonces, la agarraron con fuerza de las caderas y la arrastraron entre la suciedad, las piedras y las calaveras y huesos que como ya era vieja costumbre adornaban celdas cuyo pasado ya se atisbaba poco prometedor para cualquier preso.
Después, el Rey Hans la agarró con fuerza de la muñeca y seguidos por el Guardián de la Puerta descendieron las escaleras de la Torre donde había estado presa y la arrojó al suelo con brusquedad y le habló de un sitio al que iban a llevarla donde una malvada hechicera se haría cargo de ella. Pasaron los días y un carromato-prisión conducido por el Guardián de la Puerta la llevó a un lugar apartado y oculto en lo más profundo de un bosque justo al lado de un antiguo castillo abandonado. El Guardián de la Puerta detuvo los caballos tirando de las riendas hacia él, abandonó su asiento, abrió la puerta de la muchacha y la sacó sin miramientos ni gentilezas de la diligencia. De pronto, apareció entre ellos una mujer muy bella con el pelo color oscuro cayéndole éste como cascadas sobre la espalda, y vestida como una reina.
También llevaba en la cabeza una hermosa y resplandeciente corona repleta de joyas y su impecable apariencia contrastaba con la ruinosa edificación que tenía por morada y de la que nadie más salió para recibirla.
La princesa sintió escalofríos al contemplar la morada y una rara sensación de incertidumbre al recibir por parte de aquella hermosa y solitaria Reina una sonrisa gélida.
En seguida, el Guardián de la Puerta se alejó en la diligencia a toda velocidad y la reina del castillo en ruinas agarró las cadenas que se entrelazaban en los grilletes que aprisionaban sus muñecas y la introdujo con pequeños y sutiles empujoncitos en el interior de la fortificación.
El interior, al contrario que se atisbaba desde fuera estaba impecablemente limpio y ordenado, y el mobiliario de gran valor revestía el interior dándole a las salas una apariencia de calma y serenidad. Y una gran lámpara de araña revestida de cristales con forma de joyas pulimentadas iluminaba la gran sala central, donde las velas arrojaban la cera derretida creando formas de estalactitas por donde caía.
La Reina de aquel castillo que aún continuaba sin articular palabra de pronto llegó a unas escaleras de caracol iluminada por velas hasta que llegaron a unas celdas.
Allí la encerró sin apenas resistencia y cerró la celda con cuidado.
La princesa empezó a sentirse angustiada cuando la mujer se alejó escaleras arriba dejándola en la más completa y oscura de las soledades.

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jueves, 20 de octubre de 2016

capítulo 3- El Guardián de la Puerta


El ataque del Rey Silfo

Sin previo, aviso una feroz ráfaga de viento alcanzó al Águila Unialada y sacudió con violencia a sus aguerridos jinetes.
Los silfos eran seres elementales de aire y en la antiguedad reinaban en los aires y dominaban los vientos, pero con el paso del tiempo los hombres dejaron de creer en ellos y por estos fueron olvidados.
Así que la sorpresa de los silfos fue colosal cuando vieron aparecer el Águila Unialada y sentados sobre sus plumas a Jaro, hermano del Guardián de la Puerta, a las dos ondinas y al grupo de las ratas que le acompañaba desde su encierro.
Algunos de los silfos, que miraban con recelo la llegada de estos seres, se aventuraron a pronosticar que su tiempo llegaba a su fin, de modo que convocaron a su Rey y éste muy enfadado salió de su trono del Laberinto invisible para tratar de exterminarlos.
El viento huracanado provocado por el Rey Silfo agitaba al Águila Unialada y a sus pasajeros, que trataban de asirse a las plumas y evitaban no mirar hacia abajo, donde una colosal caída los conducía a una rápida y agónica muerte.
Pese a su naturaleza invisible el Rey Silfo podía comunicarse con sus enemigos por medio de aullidos escalofriantes, reverberaciones y ecos, y la forma más corpórea que el ser humano podía dar a un silfo era la de un torbellino de polvo, piedras, ramas, barro y hojas. Se trataba de un ser muy peligroso y amenazador. Y de pronto, Jaro afrentó al Rey de los Silfos.
-¡Malditas criaturas!¡Dejadnos en paz! No osamos más que atravesar vuestros dominios para alcanzar tierra firme y poder descansar.-exclamó Jaro tratando de aleccionar al Rey de los Silfos.
-¡Taimado humano! ¡Nadie atraviesa nuestros dominios y regresa vivo para contarlo! Hace siglos que vivimos aquí retirados, ocultos y olvidados. No somos más que la triste leyenda que vive en los libros que tu misma raza detesta. Los rumores que por mis dominios y todo el mundo viajan me cuentan que has escapado de una celda y que tu mismo hermano, que vive por las tierras de allá abajo, el Guardián de la Puerta, trata de encontrarte para encerrarte y de no lograrlo tiene firmes intenciones de matarte.
-¡A cuantos hermanos cuyo amor es sincero y verdadero has visto querer matar a su hermano!¡Ese hombre al que llamas el Guardián de la Puerta solo sirve para cumplir las leyes de un Rey tirano, el Rey Hans, un hombre sanguinario y asesino que exterminó a mi pueblo y su historia, y que me mantuvo cautivo con el único fin de revelarle el paradero de los que huyeron.
Pero el destino me ha concedido la libertad, y como los astros me han sido aciagos, voy a tener que demostrarle mi valía y de no hacerle entrar en razón voy a verme obligado a matarle para acabar con esta locura y esta tiranía que esclaviza a inocentes y los mantiene con la boca cerrada a fuerza de cercenar gargantas con su traidora espada. ¡Acabaré contigo, Rey Silfo,! si los vientos también se oponen a que cumpla mi destino, esos mismos vientos que pertinaces me detienen se esfumarán como una fugaz mañana de primavera.-arguyó Jaro.
Y estaba Jaro terminando de relatar esto cuando los polluelos del Águila Unialada, muy hambrientos, se mostraron ostensiblemente enfadados y con unos insoportables piares clamaron con anhelo el retorno de su madre acuciándola con sus graznidos a que les desquitara el hambre por causa de su larga y repentina ausencia.
Más tarde, el Águila Unialada viró en el aire en dirección al nido sin tener en cuenta el viento huracanado que ferozmente agitaban los silfos y sobre todo el Rey, y la hicieron plegar las alas y comenzar a descender con peligrosidad al tiempo que daba vueltas sin control.
Jaro y los demás se aferraron al Águila Unialada con todas sus fuerzas y temiéndose lo peor Jaro comenzó a susurrarle unas palabras mágicas que conocía de sus ancestros en el oído del Águila que continuaba descendiendo sin control hasta tierra firme para conducirles a todos a la muerte, y justo detrás el Rey Silfo los guiaba también con sus vientos para que no pudiera recobrarse.
Al escuchar la antigua lengua de las bestias el Águila graznó con todas sus fuerzas y recuperó la tensión de sus alas a pocos metros de despeñarse sobre una hedionda ciénaga roqueña repleta de afiladas rocas. Con la feroz sacudida, Jaro, las ondinas y las ratas se desprendieron del Águila y aterrizaron sobre el fango salvando sus vidas. Y de este modo fue como el Águila Unialada los abandonó en la ciénaga y regresó a su nido cumpliendo con el instinto maternal que salvaría finalmente a su prole.
Al tiempo que Jaro, las ondinas y las ratas se recuperaban de la caída, se iban incorporando como podían atendiendo al mismo tiempo como el Águila Unialada los abandonaba a su suerte con los mortales y feroces silfos.
En ese instante, el Rey Silfo descendió seguido muy de cerca por sus súbditos originando feroces vientos huracanados que agitaban con fiereza las ropas, el pelo y el barro de los que en ese momento estaban en el lodazal.
A Jaro, a las ondinas y a las ratas no les quedó más remedio que esperar el brutal choque cuando una inesperada criatura del pantano apareció, del tamaño de un sapo y croó con todas sus fuerzas sorprendiendo a los silfos que viraron de dirección pero no pudieron evitar caer finalmente sobre el barro y el lodo.
Uno tras otro cayeron y su aspecto se tornó visible ante los ojos de Jaro, viendo como unos finísimos ojos relampagueantes se dirigían al encuentro de los suyos.
Mientras esto sucedía Jaro instó a las ondinas y a las ratas a que se escondieran en la barriga del Sapo, cosa a la que en un principio parecieron negarse y a la que finalmente accedieron al ver como los silfos se acercaban a ellos con firmes intenciones de matarlos. Cuando ya la última de las ratas consiguió abrirse camino en el interior del gran Sapo, los silfos lo zarandearon todo lo que podían tratando de matarlo para que éste los expulsara de su interior, pero el Sapo que no era un animal del todo ignorante se agitaba dando saltos en todas direcciones hasta que alcanzó una zona donde pudo volver a sumergirse. Entonces, los silfos lo siguieron pero cometieron una estupidez porque se habían cubierto de tanto barro que comenzaron a sumergirse con lentitud en lo más hondo de la ciénaga. Sin embargo, el Sapo gracias a sus patas aplanadas nadaba , y además presenció la gran furia en los ojos de los silfos pero sobre todo la de su Rey, cuando los vio morir uno a uno zarandeándose en estado de arrobo tratando de liberarse inútilmente del lodo, mientras que Jaro, las ondinas y sus compañeras de encierro, sus fieles amigas las ratas, se salvaron guarnecidos en el interior del inesperado y muy oportuno Sapo de la Ciénaga.

Por Félix Olivera, 2.016

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sábado, 28 de mayo de 2016

El Guardián de la Puerta- capítulo 2


Capítulo 2


Ya casi alcanzando la cumbre con gran esfuerzo las Ondinas y las ratas tuvieron que hacer frente a una feroz ventisca, y el frío intenso estuvo cerca de conducirles a todos a una muerte asegurada. Cuando de pronto, apareció la Colosal Águila Unialada que irradiaba calor descendiendo en círculos concéntricos hasta aterrizar en el punto más alto de la nevada cumbre.
Las ondinas y las ratas se agazaparon tras unas rocas y observaron al descomunal ave que se erigía triunfante junto a su nidada.
Y en ese instante, los huevos eclosionaron uno por uno, hasta que todos los polluelos vieron la luz de la Radiante Estrella.
El instinto del animal la llevó a salir de allí en busca de caza, y en un momento de descuido del ave, las ondinas y las ratas se subieron encima del Águila y sobrevolaron con ella toda la extensa llanura, el Reino de Hans y el Lago de las Ondinas.
En el lugar en el que abandonamos a Jaro estaban a punto de suceder algunos hechos de cierta importancia en el devenir de los acontecimientos de esta historia.
Y fue cuando tras una repentina nube de polvo apareció el Guardián de la Puerta, al tiempo que el Coloso se levantaba del suelo tras la patada que había recibido de Jaro, éste no tuvo tiempo de pronunciar una sola palabra cuando la cimitarra del Guardián sacudió el aire y le cortó la cabeza de una limpia estocada. 
En seguida, el cuerpo decapitado convulsionó entre espasmos durante varios segundos y luego permaneció quieto y empapado de sangre.

-Uno siempre tiene que acabar el trabajo que los obtusos, malhadados, pérfidos y desdeñosos guerreros que tiene a su mando no desempeñan.-silabeó el Guardián de la Puerta, a la vez que agarraba con fuerza la espada por el arriaz y salpicaba con la sangre del Coloso la cara de su hermano escapado.
En ese momento, Jaro se sintió exasperado, se limpió la sangre de la cara como pudo, y viéndose amenazado retrocedió con sumo cuidado unos pasos. Durante unos instantes lo miró con cierto embeleso pero recordó la estolidez de su hermano y que este no se detendría hasta exterminarlo, pues había escapado de su celda por casualidad.
La cimitarra sangrante del Guardián de la Puerta volvía a erguirse en el aire y apuntaba a la cabeza de Jaro, y éste le sonrió triunfal cuando mirando al cielo en la última plegaria que le concedió a su Dios no sabiendo si por suerte o causa del Destino vio llegar a una enorme Águila con una sola ala cargando con las Ondinas del Lago y con las ratas que le hicieron compañía durante su encierro.
De pronto, el Águila sacudió el suelo con fiereza y la nube de polvo y viento golpearon al Guardián de la Puerta y al caballo con el que había venido desde el Reino de Hans.
El Guardián de la Puerta no pudo esgrimir su espada contra semejante bestia y derrotado los dejó escapar mesándose los largos y rubios cabellos en un gesto de rabia y repulsión.
Lejos de allí, en el reino de los pájaros, sucedió una feroz tormenta que obligó al Águila a cambiar sus majestuosa y colosal ala de dirección teniendo esta que adentrarse con consciente peligrosidad, respingo y recato en el olvidado Reino de los Silfos.

Por Félix Olivera, 2.016, Librilla.




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miércoles, 11 de mayo de 2016

Las tres Gargantas, el Mar de Cristal y la Reina de los Hielos

Todo comenzó con el maullido lastimero de la gatita negra Abigail. Así fue como el muchacho se despertó. Con los ojos cubiertos de legañas. El muchacho estaba desnudo porque los días habían sido muy calurosos y se disponía a vestirse y a marcharse a la academia.
Lucas era huérfano y vivía con una tía que ya era muy mayor pero que con su cariño y vitalidad suplía cualquier carencia afectiva que él pudiera tener.
Clarisa ya tenía alrededor de sesenta años y criaba a su sobrino de la mejor manera que podía. Los días de la Guerra ya pertenecían al pasado y una nueva esperanza se respiraba en el ambiente. Una cierta tranquilidad que nunca habían conocido antes.
Para llegar a la Academia Lucas debía atravesar el Bosque Septentrional. Una amplia masa boscosa repleta de criaturas, muchas de las cuales las mayoría de los hombres apenas tenían conocimiento.
Aquel día el bosque aparecía cambiado pues una desconocida bruma lo cubría ahora y le daba un aspecto mortecino y fantasmagórico que cualquiera en su sano juicio no hubiera hecho más que evitar.
Pasado el bosque Septentrional aparecía la catarata de las Tres Gargantas. Se trataba de una enorme mole de piedra marronzuzca que tenía tres caídas pronunciadas por las que infinidad de litros de agua descendían cada segundo. Y en las cuevas vivían multitud de gentes al amparo de las inclemencias de los cielos descubiertos y del gran mar que se extendía a lo largo de la descomunal catarata.
A veces, los cielos eran surcados por la ciudades flotantes y allí vivían hombres también. Aquel mundo se sostenía en un difícil equilibrio que los mantenía separados y así, de ese modo, en una constante y perpetua paz.
Pero esto a Lucas apenas le importaba y casi todo desconocía de estas culturas. Lo único importante para él era como todos los días atravesar el Bosque Septentrional para poder alcanzar la Academia y poder estudiar y lograr ser alguien reconocido algún día. En estas cosas pensaba antes, mucho antes de que apareciesen las dificultades allá muy lejos. En la Torre que se alzaba en medio del Bosque las cosas no andaban muy bien, un peligro desconocido acechaba, y la bruma que había aparecido recientemente era una clara y lógica señal de ello.
Al igual que antaño lo fuera su difunto padre Lucas quería dedicarse a la fabricación de botones.
A simple vista esto podría resultar un trabajo o una dedicación para nada interesante y, al mismo tiempo, poco o muy mal remunerada.
Sin embargo, Lucas no pensaba lo más mínimo en ello, en su mente habitaban las formas, los colores y los tamaños de unas piezas que él consideraba importantísimas en cualquier indumentaria de Occidente que se preciase.
Muy a lo lejos Lucas logró contemplar con cierta preocupación la inmensa bruma que se alzaba alrededor del guarda del bosque.

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Por Félix Olivera